Vovochka´s Forgotten Realms

Requiem para mi pueblo

El Código heroico, la Marca Argéntea. Año de las Tormentas de Relámpagos (1374 CV)

Al sol sobre el cielo y las hojas que cubren mis pasos,

a los astros que veloces descendieron la primera noche de fuego,
la voz del pueblo de Farmsteed canta por justicia
-Fragmento primero del Requiem de Fuego y Mithrill.

Parecía una jornada como cualquier otra, mas son éste tipo de jornadas, valga el redunde, las que enseñan que no existe una día igual sobre la faz de este mundo. Volvía a Farmsteed, luego de una breve expedición en busca de inspiración para obrar una nueva melodía, volvía cansino de una infructífera búsqueda poblada de banalidades, en cualquier caso; volvía a mi hogar. Farmsteed se había convertido en el primer sitio del cual no necesite huir, e incluso podría decir, me acogió dentro su comunidad como uno más. Mi fatídica herencia dual, cual semi elfo que soy, me ha metido en más líos, de los que un joven aventurero promedio suele tener. Farmsteed ya no debía estar lejos, cuando los cielos se poblaron de gritos distantes y humaredas de negruzco tinte. Recuerdo mi corazón acelerado, mi visión nebulosa y mis oídos distantes. Cada paso que daba imploraba por detenerse, en un pobre intento de salvarme de la terrible visión. Siete figuras encapotadas y un dragón rojo, jalado por extraños grilletes y cadenas, se marchaban al norte, dejando en su paso una sombra sanguinolenta de lo que alguna vez fue mi pueblo.
No podría decir con exactitud, cuando tiempo pasé entre la pilas de cadáveres incinerados, de mis amigos y cercanos, no quedaba más que un rastro perdido en el viento de una noche despejada. Justo cuando pensaba en sumirme entre los muertos recuerdo escuchar a alguien a la distancia, mas al voltear, el sujeto apareció a un costado en una luz centellante, se trataba de un elfo alto, de la línea sanguínea de los elfos solares, su mirada no emitía reprobación alguna, pese a que sus ropas no se correspondían con las de un plebeyo. Recuerdo que en ese momento reconocí ademas, una hoja de corte élfico que solo blanden los nobles de alta cuna… mi deber es grácil reverencia para la ayuda cantada por los dioses.
Luego de explicar el paso de muerte de los encapotados y un posible destino para su marcha tenebrosa, y escuchar de ellos la posibilidad de estar relacionados con unas criaturas extraplanares llamadas Demonfatas, las cuales experimentaron con Kairoz en el pasado, convení con mis nuevos compañeros de viaje, el noble elfo alto, Erevan y el místico Kairoz, señor de las artes arcanas, un paso seguro dentro de lo posible, hasta una torre de erudición, bordeando el bosque del norte; sombrías historias se cuentan de lo que habita el interior de ese bosque, mas si algo es seguro, es que el peligro allí es real. El viaje parecía largo y el frío implacable, sentí entumecerse mis manos durante algunos minutos, Kairoz logró una solución parcial, al mantener nuestras capas con un hechizo que las volvía tibias al contacto. Ya no debía faltar más de un día y la fauna de la zona parecía amigable. Con un silbido nacido de Athas, mi woodwind, un ave local se posó cerca mío y luego de algunos minutos logré de ella el favor de transportar el mensaje de nuestro arribo a la torre, pronto.
Casi al posarse el sol y guiados por el sonido de un río que bordea a la torre, cruzamos un robusto puente de madera, para encontrar en la otra orilla la voracidad del norte. Aparecieron de entre los árboles y escondidos en la nieve, con la bestialidad nacida del hambre y los instintos a flor de piel; una jauría de lobos, del tamaño de ponis, que improvisaron un ataque feroz con la idea de volvernos su cena, ah! ¿saben algo? yo no soy precisamente un bardo que disfruta de contar historias de heroísmo, Yo las vivo! y en un acrobático movimiento logré zafarme de una mordida que pretendía inmovilizarme y con el eco del portento de mi voz, otro lobo aún más amenazante que mi previo agresor, salió expulsado hasta caer al río gélido, que con su raudal torrente, logró controlar a esa bestia. A medida que el combate avanzaba, de manera natural, comprendimos nuestra sinergia de combate y en incontables ocasiones logramos evadir la muerte feroz con la ayuda de nuestro trabajo de equipo. Kairoz mantenía una zona accidentada por su magia, las bestias y cualquiera que entrase, se volvía torpe y caía sin más. Esto nos permitió junto con Erevan, crear una barrera a punta de escudo y espada, resistiendo heroicamente el embate de las bestias, hasta darles muerte y descanso, a cada una de las criaturas hostiles. La torre ya no estaba lejos.
Las puertas cerradas y los muros altos, resguardaban un torreón al interior de una pequeña fortificación, la noche se mostraba implacable con quien no poseyera un resguardo seguro. Al golpear, no tardó en aparecer la figura de un viejo, que al escuchar nuestras presentaciones, las entendió coincidentes, con las del mensaje transportado por una pequeña ave de negras plumas, nos dejó pasar.
No tardó en presentarnos a una mujer humana de edad avanzada, la cual atendía el recinto y esclarecernos que además, era la responsable de la comida del lugar; un notable contacto, pensé fugazmente. El relacionarme en situaciones desventajosas siempre fue algo común en mis días, algo que un señor elfo y un ser de otros planos de existencia, no realizan con mucha frecuencia. Las palabras que poseía, eran lamentos de un pueblo desolado por un mal mayor, la vieja no tardó en conmoverse ofreciéndonos alimento y descanso, el viejo nos invito a acompañarlo junto al fuego donde se presentó como un monje de Candelero, nos habló de la torre y de los eruditos que en este lugar obraban, al parecer mi pueblo, la marca y quizá todo Faerun, estaba a punto de ver el inicio de una de las historias épicas jamás contadas
Veliard Benidorm, Bardo guerrero de los vientos del norte.

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